Juan de Dios Román Seco

El pasado sábado 28 de Noviembre fallecía en Madrid Juan de Dios Román Seco, Profesor de Balonmano durante más de treinta años en el INEF de Madrid, así como en La Almudena, y socio de Honor de nuestra Asociación, además de innumerables cargos como entrenador y directivo. En los medios de comunicación han aparecido muchos reportajes sobre la figura de Juan de Dios, pero el más interesante es el que reproducimos a continuación, publicado en el Diario Marca, por Javier Romano:

Edeporte español, y el balonmano en particular, ha perdido a uno de los personajes que contribuyeron decisivamente al progreso de ambos. Juan de Dios Román ha fallecido este sábado a las 18:00 horas, según ha comunicado su familia, a consecuencia de un derrame cerebral, próximo a cumplir los 78 años.

Tras sufrir ese accidente vascular el pasado martes fue ingresado en el Hospital La Paz, de Madrid, donde ha permanecido hasta su deceso. Los médicos que le atendieron desaconsejaron a su familia intervenirle quirúrgicamente dada la gravedad del derrame. Román permaneció continuamente acompañado por su mujer e hijos.

Las muestras de cariño y ánimos primero, y de condolencia una vez conocido su fallecimiento, se están sucediendo, no sólo de amigos, allegados y gente del balonmano, sino del deporte español y también de instancias políticas y académicas.

Porque Román se ganó el reconocimiento unánime a lo largo de una larga y brillante carrera como entrenador, directivo y profesor. Esto último era de lo que más se enorgullecía. Salió de su Mérida natal para estudiar en Madrid Magisterio, Educación Física y Filosofía y Letras, y nunca abandonó su perfil como educador, ni siquiera cuando le absorbía la alta competición.

A Domingo Bárcenas se le consideró como el padre del balonmano español. Juan de Dios Román fue, además de íntimo amigo suyo, su discípulo aventajado y rival en competiciones escolares en sus inicios como entrenador en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo, de Chamartín (1964). Román siguió los mismos cauces que el maestro: en la selección femenina, en la que llegó a coincidir como ayudante de Bárcenas en el primer partido internacional de ese equipo (1967); en el club Atlético de Madrid (1971 a 1985 y de 1990 a 1992), con el que consiguió los primeros títulos nacionales de Liga (5) y Copa (4).

Como seleccionador masculino en tres etapas (Juegos Olímpicos de Los Angeles’84, 1986-1988 y 1995-2000), cosechando en esta última las primeras medallas de España dirigiendo una de las mejores generaciones del balonmano nacional, reforzada con figuras internacionales como Talant Dujshebaev o Andrei Xepkin; director de la Escuela Nacional de Entrenadores; director técnico en la Federación Española (1985 y 1993-96), y finalmente presidente de la misma (2008-2013) tras jubilarse en su apreciado Instituto Nacional de Eduación Física (INEF) de Madrid y de haber entrenado también al BM Ciudad Real (2002-2005). Sólo la Copa de Europa se le resistió, tanto con el Atlético en la final de 1985 ante el Metaloplástica yugoslavo, como con el equipo manchego en la que les enfrentó al Barcelona en 2005. Este año fue nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad de Extremadura, pero el acto de investidura se canceló el pasado 2 de abril por la pandemia.

Una vida dedicada al balonmano

Por esta abrumadora carrera fue distinguido en 2019 con el Premio Francisco Fernández Ochoa, por su trayectoria de toda una vida dedicada el balonmano. “Aquí el gran pionero fue Domingo Bárcenas y a mí me tocó seguirle. Hemos sembrado y ha quedado un estilo propio de hacer las cosas. Al cabo de los años acabas siendo medio bueno. Después de 50 años dedicado a mi deporte estoy encantado de estar aquí en unas circunstancias complicadas porque estoy superando un cáncer”, desveló entonces el cáncer de pulmón que arrastraba desde 2017, y del que era tratado desde entonces.

Célebre por su carácter volcánico en los banquillos, atemperado con el paso de los años, y dotado para el manejo de colectivos con fuertes personalidades, la influencia de Román resultó decisiva en el desarrolló de su deporte en España. Fue un estudioso incansable de los maestros extranjeros de referencia en el balonmano mundial. Su producción propia fue también ingente y no dejó de escribir sobre su deporte en ningún momento. Entre sus últimos trabajos están una monumental aproximación histórica a la evolución de su deporte; el dedicado a la escuela española de entrenadores de balonmano, la que goza actualmente de mayor prestigio en el mundo; o la biografía de Domingo Bárcenas que elaboró para la Real Academia de la Historia.

La única faceta en la que, quizá, no pudo dar de sí todo lo que él mismo esperaba fue como presidente de la Federación Española, cuyo mandato estuvo marcado por las dificultades en sacar adelante, en lo más profundo de la crisis económica, el Mundial masculino 2013 organizado en España y que deportivamente culminó con el segundo título de los ‘Hispanos’. “La Federación Española me abrió a un mundo de responsabilidades nuevo, para el que no estaba preparado”, se sinceró en un homenaje multitudinario que se le tributó en junio de 2018 en Madrid y mantenido en secreto para el protagonista bajo la contraseña de ‘Amigos de Juan de Dios’. Pero de esa etapa también salió con su prestigio intacto; no se aferró al cargo, ni quiso repetir un segundo mandato.

A Román hay que inscribirlo entre nombres como los de Pedro Ferrándiz, Antonio Díaz Miguel, Jesús Carballo, Gregorio Rojo, José Miguel Echávarri y tantos otros que, de forma autodidacta o bebiendo de fuentes extranjeras, elevaron a un deporte español subdesarrollado al nivel que ahora ostenta.

También, de Javier Romano, nos gustó su artículo “Las cosas de Juan de Dios”, publicado en marca.com, y que reproducimos a continuación:

Cualquier periodista sueña con el reportaje en exclusiva o esa crónica de un acontecimiento singular. Estas líneas son, en cambio, las que nunca habría deseado escribir quien las firma. Hacerlo de Juan de Dios Román en pasado, además de parecer todavía irreal, es muy doloroso. Tres décadas largas de relación profesional ininterrumpida, de respeto y aprecio mutuo, dejan un profundo agradecimiento y el reconocimiento a su figura.

“Estoy fuerte, como un toro”, era una frase que frecuentaba Juan de Dios, refiriéndose más a su estado de ánimo y a su determinación ante los desafíos que se planteaba en la vida, que a su condición física. Este coloso del deporte, que le hizo frente con coraje al cáncer, no ha resistido sin embargo un hachazo traicionero que ha acabado con su vida. Una pérdida irreparable más en este año fatídico, que también despidió a otros personajes muy apreciados del balonmano.

De Juan de Dios, porque con su nombre de pila siempre bastó para referirse a él, se podría escribir una enciclopedia, no ya sólo de su trayectoria profesional, sino de las vivencias que muchos tuvimos la ocasión de conocer o compartir. Su marcada personalidad, la convicción con la que hablaba de lo que dominaba, y la firme determinación en su defensa, permitía a amigos y quienes no lo eran ironizar con que unos días era Juan, y la mayoría, Dios. Pero todos reconocen su estatura.

Valero Rivera, con quien se jugaba los títulos al principio de la carrera de este último como entrenador azulgrana, fue su seleccionador masculino cuando presidió la Federación, y defendía abiertamente que el balonmano necesitaba a Román al frente de la Federación Internacional. Se rodeó profesionalmente de otros ‘juanes’, los técnicos Juan Antón, Juan Oliver o Juanito Hernández, y en su circulo íntimo incluía igualmente a jugadores y colaboradores que tuvo en su querido Atlético de Madrid. Ellos eran quienes mejor interpretaban “las cosas de Juan de Dios”.

Cuando los teléfonos móviles aún eran ciencia-ficción, Román atendió, extrañado pero cortésmente, la primera llamada a su domicilio de un principiante en MARCA. Desde entonces siempre siguió haciéndolo, le disgustase lo que leía, o lo alabase como “lo mejor que se ha escrito de balonmano desde Carlos Piernavieja”, -histórico redactor jefe de MARCA-.

Juan de Dios sabía estar siempre en situación: cuando abroncaba y llevaba al límite en un entrenamiento al jugador que quería enardecer antes de un derbi; en su despacho de club -sólo lo tuvo en el Ciudad Real- o de la Federación; en actos institucionales o protocolarios con la Monarquía o miembros del Gobierno, para quienes Juan de Dios siempre fue ‘alguien’; o en aquella cervecería de la ciudad sueca de Halmstad cuando un camarero italiano exclamó al reconocerle: “¡L’allenatore che dice figlio du puta agli arbitri!”

De formación humanística, era un lector impenitente. En un Campeonato de Europa disputado en 2012 en Serbia, cuando presidía la Federación, viajó sin lectura. Este redactor se incorporaba un día después y Román pidió que le llevara algún libro. “¡Vaya con el arzobispo! Me ha tenido hasta las tres de la noche en vela”, dijo a la mañana siguiente, refiriéndose al arzobispo Stepinac, valedor de las masacres de los ‘ustachis’ croatas durante la II Guerra Mundial. “Fantasmas Balcánicos”, sobre la turbulenta historia de los Balcanes, le entusiasmó. Qué mejor lugar que Novi Sad para entenderlo.

Retirado ya de todas sus obligaciones, se divertía y mataba el gusanillo entrenando ocasionalmente a escolares y equipos de base de clubes de cualquier localidad que le reclamara. Una de las sesiones más deliciosas que uno ha presenciado la impartió a chavales de entre 12 y 14 años en el Colegio Maravillas de Madrid. Román disfrutaba en esas ocasiones como un enano.

Pero algo que nunca llegó a controlar fueron los límites de sus colaboraciones desinteresadas en la prensa. Se le sugería el equivalente a folio y medio, y remitía lo bastante como para llenar una página, con el ruego de respetar lo máximo posible el contenido. Discúlpanos Juan, pero no había manera.

Una operación de cadera y la pandemia de coronavirus le confinó casi todo el año 2020 en su domicilio, pero se mantenía en estrecho contacto con todas sus relaciones, que eran muchas. Cuando sonaba el teléfono con el nombre de Juan de Dios en la pantalla, o llegaba un mensaje, y eso era a menudo, se trataba de algo de interés. Eso también definía a Román, una personalidad que siempre ofrecía algo de provecho, más allá de lo más valioso, su aprecio. Siempre permanecerá presente en nuestra memoria.

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